
Louis James Lefébure-Wély
Lefébure-Wély con sus improvisaciones de efecto satisfacía con mucho éxito los gustos del público. Ahora bien, aunque fue el estilo de la ciencia el que acabó prevaleciendo, esto no le supuso menosprecio por parte de sus colegas. Alexandre Guilmant dijo de él que “era el mejor improvisador que Francia había producido”.1 Camille Saint-Saëns, sucesor de Lefébure-Wely como organista de La Madeleine de París, afirmaba de él -con el énfasis a que le autorizaba su cercanía personal con el protagonista- que “fue un improvisador fabuloso pero que no había dejado más que un pocas piezas escritas insignificantes”.2 Lefébure-Wely fue dedicatario de varias composiciones importantes. Eso sí, no deja de ser curioso que se trate de piezas con especial importancia de la parte de pedal, como los 12 études pour les pieds seulement de Charles-Valentin Alkan, o el Final en si bemol de César Franck, no siendo Lefébure-Wély un organista especialmente ducho en el manejo de este recurso.3
A pesar del juicio negativo de Saint-Saëns, la música escrita de Lefébure-Wély ha sido frecuente en los atriles hasta bien entrado el siglo XX, la mayor parte de la cual fechada en los últimos años de su vida. En ella encontramos, por una parte, los géneros ligeros que hicieron famosas sus intervenciones conclusivas en la liturgia de La Madeleine, pero también piezas más serias que no resisten mal la comparación con Boëly. Su lenguaje musical no deja de exhalar en ocasiones el aroma, un tanto edulcorado, de la religiosidad sulpiciana, pero en otros casos muestra el interés del autor por el cromatismo armónico que los franceses ya conocían en Wagner.
